Académica psicología
Universidad Andrés Bello
El duelo gestacional y perinatal es una forma de pérdida que ocurre cuando un hijo o hija muere durante el embarazo, el parto o en los primeros días de vida. Aunque su existencia haya sido breve, deja una huella profunda en quienes lo esperaban. Desde el momento en que se conoce el embarazo, comienzan a formarse vínculos, sueños y proyecciones. La interrupción abrupta de ese proceso no solo significa perder un ser querido, sino también todo lo que se había imaginado junto a él.
Este tipo de duelo suele ser inesperado, desautorizado socialmente y carente de rituales tradicionales, lo que lo vuelve especialmente difícil de transitar. Muchas personas enfrentan frases minimizadoras como “ya tendrás otro” o “al menos no lo conociste”, que invisibilizan el vínculo y profundizan el aislamiento emocional. El cuerpo de la mujer, además, ha pasado por un embarazo y muchas veces por un parto, sin recibir al bebé en brazos. La experiencia es tan real como compleja, y necesita ser validada en todas sus dimensiones.
Las emociones que emergen en estos casos suelen ser intensas y a veces contradictorias: tristeza profunda, vacío corporal, culpa, miedo frente a futuros embarazos, enojo con el cuerpo o con el entorno, y un amor interrumpido que busca dónde alojarse y cómo expresarse. Estas emociones no son patológicas, sino parte del proceso natural de duelo, y merecen espacio para ser nombradas y sostenidas.
Acompañar este tipo de duelo implica permitir que se recuerde y se nombre al bebé, que se generen actos simbólicos si así se desea: escribir una carta, plantar un árbol, guardar una fotografía, hacer una caja de memoria. Estos gestos son profundamente reparadores, porque integran la pérdida a la historia familiar y ayudan a resignificar el vínculo. También es fundamental no imponer tiempos ni expectativas de “superación”. Cada persona transita el duelo a su propio ritmo.
En psicoterapia no se trata de borrar el dolor ni de hacer olvidar, sino de ofrecer un espacio donde ese dolor tenga lugar sin juicio. Un espacio donde el vínculo pueda transformarse en memoria, y donde la identidad de madre o padre pueda reconstruirse a partir de una experiencia que dejó una huella real.
Perder un hijo antes de nacer no es perder una idea. Es perder un vínculo que ya existía, una historia que se truncó, un amor que no alcanzó a desplegarse del todo. Validar este duelo es un acto de humanidad, de salud mental y de profundo respeto. No es un duelo menor. Solo es más silencioso. Y por eso, merece ser escuchado
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