Categorías: Opinión

El planeta no espera

Francesca Machiavello Narváez

Académica Administración en Ecoturismo

Universidad Andrés Bello

Cada 24 de octubre se conmemora el Día Internacional contra el Cambio Climático, establecido por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) con el propósito de sensibilizar al mundo sobre los efectos devastadores del calentamiento global y promover acciones urgentes para mitigarlo. Es una fecha que pretende recordarnos lo que ya sabemos, pero que a menudo preferimos ignorar: que el planeta está cambiando más rápido de lo que estamos dispuestos a hacerlo nosotros. No se trata de una efeméride más en el calendario ambiental, sino de un llamado urgente a despertar de una comodidad peligrosa en la que se ha instalado nuestra sociedad.

El cambio climático ya no es una advertencia científica, sino una realidad cotidiana. Sequías prolongadas, incendios que devoran bosques, lluvias torrenciales que inundan ciudades enteras y olas de calor que baten récords año tras año. No hay rincón del planeta que no haya sentido sus efectos. Sin embargo, seguimos comportándonos como si tuviéramos tiempo infinito para reaccionar.

Los gobiernos prometen reducir emisiones, las empresas lanzan estrategias “verdes” y los ciudadanos compartimos frases inspiradoras en redes sociales. Pero el termómetro global sigue subiendo. La brecha entre el discurso y la acción es hoy el verdadero abismo climático. En lugar de cambiar nuestros modelos de producción y consumo, seguimos maquillando un sistema que se alimenta del exceso, aun sabiendo que no es lo correcto.

La lucha contra el cambio climático no es solo una cuestión ambiental, sino también ética y social. Los más pobres (quienes menos contaminan) son los primeros en sufrir sus consecuencias: cosechas perdidas, desplazamientos forzados, enfermedades y hambre. La injusticia climática se ha convertido en una forma silenciosa de desigualdad global. Y en medio de ello, están los niños y niñas, herederos de un planeta que podría ser menos habitable si hoy no actuamos con responsabilidad. Ellos no tienen culpa del daño causado, pero sí cargarán con sus consecuencias. ¿Qué futuro estamos construyendo para ellos?

Cada acción cuenta, aunque parezca mínima. Cambiar nuestros hábitos, exigir políticas coherentes, cuestionar lo que consumimos y cómo nos movemos puede parecer poco, pero suma. No basta con sembrar árboles una vez al año si no sembramos también una nueva conciencia colectiva.

El planeta no espera. La pregunta no es si podemos detener el cambio climático, sino si seremos capaces de cambiar a tiempo. Este 24 de octubre no debería ser un recordatorio triste, sino un punto de inflexión. Porque lo que está en juego no es solo el futuro de la Tierra, sino nuestra propia capacidad de habitarla con dignidad.

Prensa

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