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La deuda del urbanismo con la infancia

Por Beatriz Mella, Directora Centro CIUDHAD, Universidad Andrés Bello

La fragmentación territorial y la falta de equidad distributiva de los beneficios de vivir en la ciudad se traduce en largas horas de desplazamiento, y un reparto del tiempo entre distintos roles de cuidado que deja poco espacio para acompañar a los niños. Cuando las familias eligen una vivienda, eligen también un modo de vida condicionado por la geografía de los servicios, la movilidad y las oportunidades.

El urbanismo tiene una deuda pendiente con las infancias. Por décadas se ha planificado pensando en el adulto productivo, en sus trayectos, sus horarios, sus necesidades de movilidad. Incorporar a los niños y adolescentes a la conversación urbana es importante para reconstruir el vínculo entre espacio y cuidado. Ellos leen la ciudad desde otro lugar: las calles no son solo para transitar, los árboles no son solo sombra, el pasto no es ornamental. En su mirada hay una relación más directa con el entorno que nos rodea.

El acceso a áreas verdes, plazas o calles seguras define para los niños sus posibilidades de autonomía, aprendizaje y bienestar. Ver más verde, moverse a pie o en bicicleta, jugar cerca de casa no son lujos urbanos, sino condiciones que moldean el desarrollo cognitivo y físico – impacto que llega hasta la vida adulta. Sin embargo, estos factores dependen casi siempre del lugar donde se nace o del precio del suelo al que las familias pueden acceder. En demasiados barrios, el entorno inmediato no cuida ni educa – esa es una de las grandes falencias de nuestras ciudades.

Diseñar ciudades que cuiden exige priorizar que pueda caminar y el acceso a servicios próximos. Cruces seguros, veredas continuas, pavimentos en buen estado, sombra y buena iluminación son mínimos que benefician a todos, pero especialmente a quienes dependen de otros para moverse. No hay equidad intergeneracional posible sin un espacio público que permita a los niños circular con seguridad y confianza.

Planificar con las infancias no es construir más juegos ni pintar muros de colores. Es asumir que la ciudad también educa, y que su diseño transmite una idea de quién importa y quién no. Una ciudad que cuida no se define por su estética, sino por la forma en que distribuye el bienestar.

Prensa

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