A seis años del lanzamiento de la hoja de ruta, investigador del Centro de Energía de la UCSC advierte que el foco se ha desplazado desde la exportación hacia la validación de usos locales. Pilotos en combustibles sintéticos, electromovilidad y aplicaciones industriales podrían definir el siguiente salto de esta industria.
Hace seis años, Chile trazó una ruta para convertir al hidrógeno verde en una nueva industria nacional, con ambiciosas metas de producción y exportación. Hoy, cuando la Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde cumple seis años desde su lanzamiento, la pregunta es cuánto de esa promesa ha avanzado y qué falta para pasar de los primeros pilotajes a aplicaciones industriales capaces de sostener un mercado nacional
La Estrategia fue presentada el 3 de noviembre de 2020 con objetivos como desarrollar 5 GW de capacidad de electrólisis al 2025, producir el hidrógeno verde más barato del mundo hacia 2030 y posicionar a Chile entre los principales exportadores globales. Su hoja de ruta contemplaba primero impulsar aplicaciones domésticas para generar capacidades, infraestructura y experiencia, y luego avanzar hacia los mercados internacionales.
A seis años de ese punto de partida, el Dr. Ricardo Lizana, investigador del Centro de Energía de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (UCSC), identifica avances en la construcción del ecosistema necesario para comenzar a probar esta tecnología en condiciones reales.“Lo que más ha avanzado tiene que ver con identificar los nichos, conformar gobernanzas a nivel regional y empezar a estructurar a los actores clave para poder desarrollar los primeros pilotos de demanda local que se están impulsando en distintas partes del país”, explicó.
De las expectativas de exportación a la demanda local
La estrategia original ya planteaba una primera etapa de aplicaciones nacionales antes de acceder a mercados externos. Sin embargo, el investigador del Centro de Energía UCSC advierte que el escenario internacional y las condiciones económicas han obligado a poner mayor énfasis en esa demanda interna y a revisar los tiempos proyectados inicialmente.
“En un principio había una mirada mucho más idealizada de cómo se iba a impulsar esta industria. Hoy se está tratando de fortalecer primero el uso local, pilotear y luego observar qué ocurre con los mercados internacionales para avanzar hacia la exportación”, señaló el Dr. Lizana.
De acuerdo con el investigador, entre las brechas que persisten está determinar qué derivados del hidrógeno pueden alcanzar viabilidad económica, cómo enfrentar la diferencia de costos frente a combustibles que generan mayores emisiones y qué condiciones serán necesarias para proyectar posteriormente productos hacia mercados internacionales.
Ese tránsito tiene ahora un escenario concreto de prueba: "en Biobío se están desarrollando pilotos asociados a subproductos químicos para la industria minera, combustibles sintéticos para la aviación y electromovilidad basada en hidrógeno para el sector logístico", afirmó.
Los próximos dos años podrían entregar respuestas
Para el académico de la UCSC, el desafío inmediato no consiste todavía en proyectar cuánto crecerá la industria, sino en observar qué ocurre cuando esas iniciativas comiencen a operar y entreguen información sobre su desempeño real. “En menos de dos años deberían comenzar a operar algunos de estos proyectos. Ahí podremos ver cómo se comportan en condiciones locales, cuáles son realmente los costos, qué requerimientos técnicos existen y qué capital humano se necesita”, explicó.
Los resultados permitirán dimensionar la brecha entre un proyecto piloto y una aplicación de mayor escala, además de entregar antecedentes para decidir si existen condiciones para nuevas inversiones. “Hoy estamos en la fase de entender qué tan óptimos son estos pilotos y cuánto aprendizaje vamos a obtener de ellos para llenar la brecha que existe antes de pensar en una industria más consolidada”, sostuvo el Dr. Lizana.
A ese escenario se suma, según el investigador, una variable que podría adquirir mayor peso: la posibilidad de producir energía y combustibles con recursos propios y disminuir la exposición a fuentes externas. “La necesidad de avanzar hacia una mayor independencia energética puede transformarse en un impulso importante si estos pilotos demuestran solvencia y validez técnica”, indicó.
¿Por qué Biobío?
Más allá de contar con proyectos en desarrollo, la Región reúne distintos componentes de la cadena necesaria para probar tecnologías y aplicaciones vinculadas al hidrógeno verde: “Tenemos capacidad de energía renovable, CO₂ biogénico, investigación, industria, siderurgia, puertos, capital humano y apoyo del sector público. Existe un ecosistema que permite pensar a Biobío como un verdadero laboratorio para impulsar la transición energética y este concepto de independencia energética”, señaló el Dr. Ricardo Lizana.
La posibilidad de probar estas soluciones en un territorio con actividad industrial permitiría generar aprendizajes que posteriormente puedan utilizarse en otras regiones y sectores productivos. En este escenario, la UCSC, a través de su Centro de Energía, aporta infraestructura, investigación y formación. Una de esas capacidades es su planta de hidrógeno verde, instalación única de su tipo en universidades chilenas, que permite aproximarse a la tecnología desde una experiencia práctica.
De la investigación a nuevas aplicaciones
El trabajo desarrollado en la UCSC también incluye proyectos relacionados con combustibles sostenibles para la aviación, electromovilidad mediante celdas de combustible, respaldo energético para nuevas industrias y posibles aplicaciones en sectores emergentes, como los data centers.
“Estamos trabajando en nichos estratégicos donde el hidrógeno puede tener una aplicación real, desarrollando proyectos con consorcios internacionales, mejorando tecnología y formando el capital humano que puede dar sustento a esta industria”, afirmó el Dr. Lizana.Seis años después del lanzamiento de la estrategia, la siguiente etapa estará marcada, entonces, por lo que ocurra fuera del papel: el desempeño de los pilotos, sus costos, sus requerimientos técnicos y la capacidad de integrarlos a actividades productivas concretas. En Biobío, varias de esas respuestas comenzarán a ponerse a prueba durante los próximos años.
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